domingo, 29 de marzo de 2026

Capítulo 3. Ishaam


Elida acababa de enviudar. Le quedaba una vida en soledad y la vieja librería. No quiso cerrarla. Era lo único que la mantenía unida al recuerdo de su  marido, y lo único a lo que aferrarse cada día. Llevaban treinta años juntos entre estantes y libros. Se conocieron allí y allí se despidieron el día en que Julián tuvo un ataque fulminante que segó su vida en el acto. 

Poca gente pasaba por allí. Una vieja librería de barrio que no daba cabida a las novedades editoriales.  Pero Elida era obstinada y se aferraba a mantener su rutina de años. Una mañana estaba en la  trastienda cargándose un café cuando oyó cómo la puerta se abría de repente. Se estremeció. El tintineo de la campanilla no fue armónico sino apresurado. Salió y no vio nada. Le dió mala espina y volvió a la trastienda a por un bate que su marido guardaba de recuerdo. Empezó a recorrer los estantes con el corazón atropellado y la respiración entrecortada. Sentía la amenaza en cada rincón. Cuando llegó a la estantería del fondo vio un niño acurrucado. Estaba sentado en el suelo, con la cabeza escondida entre las piernas. Parecía temblar de miedo. 

—¿Quién eres tú?

El niño levantó la mirada. Tenía los ojos llorosos. La miró asustado.  Fue entonces cuando Elida se percató del bate. Lo bajó y lo dejó a un lado. 

—Ishaan —contestó entre sollozos.

No le extrañó el nombre. El niño tenía rasgos indios. Por su estatura y facciones rondaría los diez años de edad. 

—Ishaan, ¿de qué huyes?

—Vienen a por mí. Por favor, escóndeme. ¡Rápido!

Lo vió tan apurado, tan indefenso que lo condujo a la trastienda. Pensó que allí se sentiría más seguro y podría hablar más. No habían hecho más que entrar allí, cuando volvió a oírse la campanilla de la entrada. Elida se llevó el dedo índice a la altura de los labios mientras lo miraba. Salió de la trastienda. 

—¡Voy!

Se encontró con un hombre y una mujer de mirada fría. Se les veía a las claras que no venían a por libros. 

—¿En qué puedo atenderles?

—Somos agentes de protección de menores —respondió el  hombre presentándose—. Estamos buscando a un niño que se ha escapado de un hogar de menores. Le enseño la fotografía. Es éste. Se llama Ishaan. ¿Lo ha visto entrar en la tienda?

—No —contestó categórica Elida.

—¿Seguro? —preguntó la mujer con una mirada inquisitiva.

—¡Y tan seguro! Aquí ya no entra casi nadie y menos niños. 

No parecían muy convencidos. No dejaban de otear como aves de presa los alrededores de la librería. 

—¿Me dejan una tarjeta? Es por si lo veo, para llamarlos y avisarles. 

—Por supuesto. Gracias.

Se despidieron y salieron de la librería. Elida por instinto, se quedó un rato en la tienda. Después, volvió a entrar. No vio al niño. Miró hacia donde tenía una cortina. Fue hacia allí y la descorrió. Estaba escondido debajo de la cama. 

—Ya puedes salir. Se han ido.

Delante de él rompió la tarjeta de visita. Quería demostrarle que podía confiar en ella. Ishaan le contó su historia a trompicones. Llevaba cinco años en España. Sus padres regentaban un bazar y les iba bien, pero un accidente de coche se los llevó y solo quedó él. Como no tenía familia pasó a ser tutelado por una casa de acogida. Le suplicó que lo escondiese, que no quería regresar jamás a ese infierno.

Elida le ofreció dormir en la trastienda. Tenía todo lo necesario para que pudiera alojarse allí: cama, aseo, un pequeño frigorífico y un microondas. Lo único que tenía que hacer es no dejarse ver por la librería. Pensó en qué cosas podría necesitar para pasar la noche.

—Ishaan, ¿tienes hambre?

—Sí, mucha.

—Voy a salir a comprar algo de comida. Cierro la librería y vuelvo enseguida.

Elida fue al supermercado del barrio y compró fiambres, leche, pan, agua y algo de fruta. Cuando volvió a la librería, nada más abrir la puerta se quedó paralizada. Ishaan estaba fuera de sí, tiraba los libros con rabia, les arrancaba las páginas y golpeaba con sus puños la librería mientras gritaba unas palabras ininteligibles.

A Elida se le cayeron las bolsas. Inmóvil, con los músculos agarrotados y rígidos, con las emociones a punto de quebrarla. No hizo nada, no dijo nada. Sus ojos se inundaron de una tristeza profunda como el océano. 

Ishaan dejó los libros y empezó a girar sobre sí mismo. Daba manotazos al aire. Sus ojos estaban enrojecidos. Una mueca de terror contraía su cara. Paró en seco y vio a Elida. La mujer no reaccionaba. Poco a poco fue recobrando el juicio. Había vuelto a tener un ataque y ahora se encontraba con los desperfectos. Sintió rabia y asco hacia sí mismo. Miró la puerta y corrió hacia ella para hacer lo de siempre: huir.

Elida se sentó en una banqueta y lloró con todas sus fuerzas. Lloró por el destrozo, lloró por el niño, lloró por su soledad, lloró por el recuerdo de su marido. Cuando se le acabaron las lágrimas, salió de la librería y cerró la puerta. Ese día había dado por terminada la jornada antes de la hora de cierre. ¿Pero acaso le importaba?

Al día siguiente, se levantó más temprano de lo acostumbrado y fue a la librería con un rollo de bolsas de basura. Quería retirar cuanto antes los restos de aquel desastre. No había hecho nada más que empezar cuando oyó el tintineo de la puerta. Volvió su mirada hacia atrás y se encontró de nuevo con él. 

Ishaan se acercó tímido y se agachó para ayudarla a recoger. No hubo palabras entre ellos, solo miradas esquivas. Después de un rato, se decidió a romper el silencio.

—No, déjamelo a mí. Fui yo el que lo hice —le suplicó avergonzado. 

Elida se levantó y lo dejó hacer. Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, se alegró de volver a verlo; por otro, se sentía airada por el recuerdo de la reacción del chico. Con las emociones revueltas se fue a la trastienda a servirse un café y charlar con su soledad. Volvió a oír la campanilla de la puerta y salió. El muchacho se había marchado sin despedirse. “Tal como viniste, te fuiste. Puede que sea lo mejor”, se dijo suspirando. Miró a su alrededor. Lo había dejado todo recogido. Se notaba que se había esforzado. Algo blanco sobresalía de la estantería más próxima al mostrador. Se acercó. Era un sobre. Lo abrió y sacó un folio cuidadosamente doblado. Lo extendió y sus ojos se encontraron con un dibujo precioso. Era una librería como la suya, con un sol radiante saliendo entre las estanterías y una mujer levitando entre libros. Había un gran corazón y al lado una pequeña nota: “Perdóneme. Lo siento. No merezco su ayuda”.

Elida se llevó el dibujo a la altura del pecho y sintió una mezcla de ternura y dolor. “Vuelve, hijo, no te fallaré. Soy yo la que lo siento. No tengo ni idea de lo que has vivido”, se dijo con el corazón atravesado. 

Cada día esperaba volver a verlo entrar. Deseaba con toda su alma oír el sonido de la campanilla anunciar su presencia. Pero no ocurrió. Después de dos semanas había renunciado a toda esperanza. 

Una mañana mientras despachaba su café con la lectura de un libro levantó su mirada y se encontró con él. No había oído la puerta. Él la observaba en silencio.

—¿Llevas mucho tiempo ahí? —preguntó incrédula y cogida por la sorpresa.

—Sí, un poco. No has oído la puerta.

—¡Diantres! ¡Es este libro, que me tiene absorbida!

Se levantó del sillón y se acercó a él para abrazarlo. Sentía un calor indescriptible arropar su corazón. Sentía la presencia de su marido en aquel instante. Sus ojos se desbordaron para liberar tanta emoción contenida. Tardó en hablar. 

—Perdona a esta pobre vieja. No debí dejar que te marcharas así. 

Ishaan quería disculparse. Se sentía avergonzado por lo que pasó aquella tarde. Pero ella no le dejó. 

—Chiss, calla. Quiero que me prometas algo. No vuelvas a huir. Esta es tu casa. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió el niño con un nudo en la garganta.

 @ana.escritora.terapeuta 

Capítulo 1. Encuentro en el parque 

Capítulo 2. Eli 


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